20 Ago 2009 , Alberto Corazón , 1 Comentarios
Carta a mis colegas, escrita por un diseñador seriamente preocupado
El asunto preocupante es que, cuando creíamos que el diseño ya estaba ubicado entre las disciplinas que enriquecen e iluminan el modo en que nos relacionamos con lo que nos rodea, advierto con disgusto y rabia, que la percepción y comprensión de lo que hacemos los diseñadores regresa a tiempos que parecían superados. En mi ingenuidad había creído que cuando hablamos de diseño en el siglo XXI hablábamos ya de un ejercicio inteligente y que diseñar exigía conocimiento. El diseño comenzaba a incorporarse a las diplomaturas universitarias y tendría que aspirar, entonces, a convertirse en una disciplina del conocimiento. Estando últimamente un poco alejado de inauguraciones de eventos y de copas para celebrar presentaciones, no me daba cuenta de que cada vez que expresaba estas preocupaciones comenzaba a hacerse un vacío a mi alrededor. Hasta que hace unas semanas un colega compasivo me hizo entender que las cosas iban por otro lado, que no me enteraba del “cambio de paradigma” y que, además, me estaba convirtiendo en un aguafiestas. Es decir, que no he entendido el “buen rollito”, porque los medios de comunicación vuelven a ofrecernos una imagen de nuestro trabajo como de un ejercicio esteticista, banal y ridículamente narcisista. La modernidad parece estar asentada en la consigna de que los objetos deben ser ostentosamente inútiles y la comunicación gráfica ilegible. Si no se respetan estos axiomas uno es expulsado de la modernidad.
